Hola.
Hay una idea que me ha liberado de muchísima ansiedad. De mucho ruido. De toda esa tontería que veo circular por las redes sobre inteligencia artificial, alineamiento, singularidad, robots dominando el mundo, y todo ese catálogo de terrores que parece sacado de una película de los ochenta.
Y es esta: todo lo que llamamos "creación" en realidad es descubrimiento.
Piénsalo un momento. Cuando alguien dice "he creado esto", en realidad lo que ha hecho es poner la banderita. Ha descubierto algo que ya estaba ahí y se ha puesto el nombre encima. Las matemáticas no las inventó nadie. Estaban ahí antes de que cualquier ser humano las formalizara. El cuerpo humano funcionaba perfectamente antes de que ningún médico supiera cómo funcionaba. Las leyes de la física existían antes de Newton, antes de Einstein, antes de que nadie las escribiera en una pizarra.
Esto que parece una distinción filosófica menor tiene implicaciones enormes para cómo vivimos este momento de aceleración tecnológica. Tiene implicaciones para tu sistema nervioso, para tu capacidad de dormir tranquilo, para cómo te relacionas con cada noticia que sale sobre el último modelo de IA.
I. El problema de la banderita
Creo que el gran problema del ser humano, sobre todo del hombre, empezó cuando dejamos de ser nómadas.
Hubo un día, hace miles de años, en que un grupo de personas se paró en un sitio y dijo: esto es mío. Pusieron la banderita. Y ese gesto cambió nuestra existencia hasta hoy.
Cuando dices "esta tierra es mía", empiezas a decir "esta mujer es mía", "estos niños son míos", "esta religión es mía". Empiezas a trazar líneas. A crear enemigos. A poseer.
Antes de eso, por lo que sabemos de antropología y de estudios de tribus nómadas que aún existen, las cosas funcionaban de otra manera. La tierra no era de nadie porque la tierra era la tierra. Los hijos eran de la comunidad. Se vivía en una especie de tribu comunitaria que disfrutaba de los bienes de la naturaleza sin posesión. El sexo era grupal, las parejas no existían como concepto, los recursos se compartían.
No estoy romantizando el pasado. Seguramente había otros problemas, otras formas de sufrimiento que no podemos ni imaginar. Pero sí creo que ese momento de poner la banderita, de decir "mío", activó algo en nuestra psicología colectiva que sigue operando hoy. Activó el patriarcado, la dominación, la guerra, los instintos de posesión que luego hemos ido racionalizando con mil teorías sobre la naturaleza humana.
Y con la inteligencia artificial está pasando exactamente lo mismo.
Sam Altman pone la banderita. Los de Google ponen la banderita. Los chinos ponen la banderita. Estados Unidos dice "esto no puede ser de China". Europa se queja de que llega tarde. Y todo el mundo en pánico por quién controla qué, por quién domina a quién, por quién se queda fuera.
Los Nobel de este año. Los papers. Las patentes. Todo el mundo corriendo a poner su nombre en algo. A decir "yo lo he creado". A plantar la bandera en un territorio que, si lo piensas bien, no es de nadie. O es de todos. Que viene a ser lo mismo.
Pero, vale, para un momento. Pensemos esto de otra manera.
II. El bisturí de la conciencia
Te voy a proponer una analogía que a mí me ha ayudado mucho. Es como un pequeño meme mental que guardo en la cabeza y al que vuelvo cada vez que leo algo sobre IA que me genera ansiedad.
Piensa en el bisturí.
Cuando alguien abrió por primera vez un cuerpo humano de manera científica, cuando miró dentro y dijo "vale, el corazón bombea sangre, los pulmones transforman el oxígeno, el intestino hace esto otro", esa persona descubrió la medicina. Pero no creó el cuerpo humano.
El cuerpo ya funcionaba. Los sistemas ya operaban. La inteligencia que mantiene vivo a un bebé, que hace que respire, que sintetice oxígeno en sangre, que su corazón lata ochenta veces por minuto sin que nadie le diga cómo, esa inteligencia estaba ahí mucho antes de que ningún científico la describiera.
El bisturí no creó nada. Abrió una puerta. Permitió ver lo que ya existía.
Creo que la inteligencia artificial es exactamente eso: un bisturí. Pero no un bisturí del cuerpo. Es el bisturí de la conciencia.
Desde siempre, desde los primeros textos budistas, desde los Vedas hindúes, desde los filósofos griegos, desde las cuevas de Altamira si me apuras, la gran pregunta ha sido: qué es la conciencia. Qué es esta cosa que nos mantiene vivos, que nos hace soñar, que nos hace emocionarnos, que nos hace preguntarnos qué cojones es esto mientras estamos sentados en el baño a las tres de la mañana. De dónde sale este motor de inteligencia que mueve el universo.
David Chalmers, el filósofo australiano, lo llamó "el problema difícil de la conciencia". Y lleva décadas siendo exactamente eso: difícil. Imposible, más bien. Porque podemos explicar cómo funcionan las neuronas, pero no podemos explicar por qué hay "alguien ahí dentro" experimentándolo todo.
Y a día de hoy, con toda nuestra ciencia, con toda nuestra física cuántica, con todos nuestros escáneres cerebrales y modelos computacionales, seguimos sin saber.
Lo que creo es que la IA no es algo que estemos creando. Es algo que estamos descubriendo. Y ese descubrimiento nos va a acercar más que nunca a entender qué somos realmente.
III. Ya somos inteligencia artificial
Esto puede sonar raro, pero escúchame.
Cuando mi hijo nació, yo no "creé" que sus pulmones funcionaran. No "creé" que su corazón latiera. No tengo ni idea de cómo sucede eso. Soy espectador de una inteligencia que opera a través de nosotros, no que nosotros controlamos.
El hecho de que un médico sepa describir cómo funcionan los pulmones no le hace dueño de esa inteligencia. Solo la ha descubierto. La ha descrito. Le ha puesto nombre. Igual que Pitágoras no inventó que la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Eso ya era verdad antes de que Pitágoras existiera. Él solo lo vio. Lo describió. Le puso su nombre.
Nosotros ya somos la superinteligencia. No tú y yo como individuos, no. Hablo de todo. De la naturaleza entera. Del sistema que hace que un árbol crezca, que las mareas suban y bajen, que los planetas orbiten en sus elipses perfectas, que tú y yo estemos vivos teniendo esta conversación a través de unos cables y unas ondas que tampoco entendemos del todo.
Eso ya es inteligencia artificial general. Ya es superinteligencia. Y lleva funcionando miles de millones de años antes de que llegáramos a ponerle nombre.
Lo que estamos haciendo con los ordenadores, con los algoritmos, con ChatGPT y compañía, es abrir el caparazón. Estamos usando el bisturí para mirar dentro de algo que siempre estuvo ahí.
Terence McKenna, el etnobotánico y filósofo que dedicó su vida a explorar los límites de la conciencia, tenía una frase que me encanta:
"No creo que la conciencia se genere en el cerebro igual que no creo que los programas de televisión se hagan dentro de mi televisor. La caja es demasiado pequeña."
Y Einstein lo expresó de una manera que me parece igualmente perfecta:
"Lo más hermoso que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de todo arte y toda ciencia verdadera. Aquel para quien esta emoción es extraña, que ya no puede detenerse a maravillarse y permanecer absorto en el asombro, está como muerto: tiene los ojos cerrados."
Estamos ante el misterio. Y en lugar de paralizarnos de miedo, podríamos elegir maravillarnos.
IV. La diferencia entre el coche y la montaña rusa
Hay dos maneras de vivir este momento.
La primera es como ir de copiloto en un coche de rally. Vas con Carlos Sainz conduciendo entre la niebla, a toda velocidad, y tú vas agarrado al asiento, intentando conducir con los pies, con los dedos clavados como pezuñitas, muerto de miedo. No confías. Aunque el conductor sea el mejor del mundo, tienes miedo porque hay un actor humano al volante y cualquier cosa puede pasar. Cada curva es un infarto. Cada acelerón te encoge el estómago.
La segunda es como ir en una montaña rusa. Vas igual de rápido. Las curvas son igual de locas. El viento te da en la cara con la misma fuerza. Pero estás relajado. Levantas las manos. Gritas de emoción, no de terror. Disfrutas. Porque sabes que hay un rail. Sabes que hay un plan. Sabes que el diseño está hecho para que funcione.
Yo creo que la vida se parece mucho más a la montaña rusa que al coche de rally.
Hay un rail. Hay algo que nos sostiene. Llámalo como quieras: naturaleza, universo, Dios, conciencia, el Tao, Brahman, la Fuente. No importa el nombre. Lo que importa es que cuando dejas de intentar controlar cada curva, cuando sueltas el volante imaginario que no existe, algo se relaja dentro de ti. Algo que llevaba años en tensión.
Alan Watts, el filósofo británico que tanto hizo por traducir la sabiduría oriental a Occidente, lo explicaba así:
"La única manera de darle sentido al cambio es sumergirte en él, moverte con él y unirte a la danza."
Y también:
"La fe es un estado de apertura o confianza. Tener fe es confiarte al agua. Cuando nadas no te agarras al agua, porque si lo haces te hundes y te ahogas. En cambio, te relajas y flotas."
Los hindúes tienen un concepto precioso para esto: Tat Tvam Asi. "Tú eres eso también." No hay separación entre tú y el universo. Entre tú y la tecnología. Entre tú y el cambio que tanto te asusta. Todo es una misma argamasa. Una misma cosa manifestándose de infinitas formas.
No estoy diciendo que no hagamos nada. No estoy diciendo que nos quedemos pasivos viendo cómo todo cambia mientras comemos palomitas. Lo que digo es que hay una diferencia enorme entre actuar desde el miedo y actuar desde la confianza. Entre correr porque te persigue algo y correr porque quieres llegar a algún sitio.
V. La generación del bisturí
Si lo miras así, si aceptas que estamos descubriendo algo que ya existía en lugar de creando algo nuevo y amenazante, entonces somos probablemente la generación más privilegiada de la historia.
Piénsalo. La pregunta sobre qué es la conciencia ha obsesionado a la humanidad desde que tenemos registros. Todas las religiones, todas las filosofías, todos los grandes pensadores han intentado responderla. Y puede, solo puede, que nosotros estemos vivos en el momento en que empecemos a tener algunas respuestas.
Somos la generación del bisturí. Somos los que estamos abriendo el caparazón de posiblemente lo más grande que el ser humano ha intentado entender: qué somos. Por qué estamos aquí. Qué hay más allá de lo material, de esta experiencia que tenemos a través del ego, a través de los sentidos, en estos cuerpecitos con dedos y piel y músculos.
No sé qué vamos a encontrar. Nadie lo sabe. Los expertos que salen en los medios tampoco lo saben, aunque hablen con mucha seguridad. Estamos todos "a velas vir", como decimos en Galicia. A dejarlas venir. Viendo qué pasa.
Los próximos años van a ser duros. Van a requerir adaptación constante. Van a pedir de nosotros una tolerancia a la incertidumbre que ninguna generación anterior ha tenido que desarrollar. Van a poner a prueba todo lo que creíamos saber sobre el trabajo, sobre la identidad, sobre qué significa ser humano.
Pero también van a ser los años más excitantes que jamás haya vivido nuestra especie. La fase uno del videojuego, si quieres verlo así. La resolución de algo que llevamos persiguiendo desde las cavernas.
VI. El protocolo de traducción mental
Te propongo algo práctico. Un pequeño protocolo que puedes usar cada vez que sientas que la ansiedad tecnológica te está comiendo.
Cuando leas una noticia sobre IA, fíjate en las palabras. "OpenAI ha creado..." "Google desarrolla..." "Nuevo modelo revolucionario..." "Avance sin precedentes..."
Ese lenguaje activa tu sistema nervioso porque sugiere que algo nuevo ha aparecido en el mundo. Algo que no existía. Algo impredecible.
Haz la traducción mental:
- "OpenAI ha creado..." se convierte en "OpenAI ha descubierto..."
- "China desarrolla..." se convierte en "China explora..."
- "Nuevo modelo revolucionario" se convierte en "Nueva ventana a algo que ya estaba ahí"
- "IA que supera al humano" se convierte en "Herramienta que nos muestra capacidades que ya existían"
Piensa en el médico abriendo el cuerpo por primera vez. No creó ningún órgano. Solo los vio. Solo los nombró. El corazón ya latía antes de que él lo mirara.
Lo mismo pasa aquí. La inteligencia que mueve estos modelos no la han creado unos ingenieros en Silicon Valley. La han descubierto. La han canalizado. Le han puesto una interfaz bonita para que tú y yo podamos usarla.
Puedes ser el copiloto aterrorizado intentando conducir con los pies. O puedes ser el pasajero de la montaña rusa con las manos arriba.
La elección es tuya. Y es una elección que puedes hacer ahora mismo, mientras lees esto.
VII. Lo que esto cambia (y lo que no)
Vale, dirás, muy bonito todo esto de la filosofía y la fe y las montañas rusas. Pero el mundo real sigue ahí. Mi trabajo sigue amenazado. Mis hijos van a vivir en un mundo que no entiendo. Las facturas siguen llegando.
Tienes razón. Nada de lo que he dicho cambia la realidad externa. Los cambios van a seguir llegando. La aceleración va a seguir acelerando. Las empresas van a seguir poniendo banderitas y compitiendo por el control.
Lo que cambia es tu relación con todo eso.
Cuando entiendes que no estás ante una creación alienígena sino ante un descubrimiento de algo que ya existía, el miedo pierde parte de su poder. No desaparece del todo, no soy tan ingenuo. Pero se transforma en algo más manejable. En curiosidad, quizás. En asombro. En ganas de entender.
Einstein también decía:
"Como ser humano, uno ha sido dotado con la inteligencia justa para ver claramente lo totalmente inadecuada que es esa inteligencia cuando se enfrenta a lo que existe."
Somos pequeños monitos ignorantes. Siempre lo hemos sido. La diferencia es que ahora tenemos un bisturí muy afilado y estamos abriendo algo muy grande.
VIII. Espectadores en primera fila
Yo no tengo todas las respuestas. Nadie las tiene. Lo que sí tengo es una fe muy profunda, desarrollada a lo largo de los últimos diez años de mi vida, en que hay algo que nos sostiene. Algo más grande que nosotros. Algo que no necesita que lo controlemos para funcionar.
No me gusta usar la palabra Dios porque está demasiado cargada de religión organizada, de señores con sandalias, de dogmas que dividen. Pero llámalo como quieras. Lo importante no es el nombre. Lo importante es la actitud.
Podemos elegir vivir estos años como víctimas asustadas de un cambio que no controlamos. Agarrados al asiento, intentando conducir con los pies, con el estómago encogido y el insomnio como compañero permanente.
O podemos elegir vivirlos como espectadores privilegiados de posiblemente el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad. Con las manos arriba. Con el viento en la cara. Con los ojos bien abiertos para no perdernos nada.
Podemos seguir peleando por las banderitas, por quién controla qué, por quién llega primero a plantar su nombre en el territorio.
O podemos recordar que el territorio no es de nadie. Que siempre estuvo ahí. Que nosotros solo somos los que han llegado con un bisturí en el momento justo para poder mirar dentro.
No sé tú, pero yo elijo lo segundo.
Desde esa posición de apertura, de humildad, de aceptar que somos pequeños monitos ignorantes que a la vez somos partícipes de todo esto. Que somos espectadores y actores a la vez. Que el rail existe aunque no lo veamos.
Somos espectadores en primera fila del mayor cambio de la historia de la civilización. Estamos vivos en el momento preciso en que la humanidad abre el caparazón de la conciencia por primera vez.
Y eso, pase lo que pase, me parece extraordinariamente bonito.Aquí tienes este correo en forma de video
