Hola.
Hay una sensación que probablemente conoces bien.
Es esa sensación de que todo va demasiado rápido. De que no llegas. De que cada vez que crees que has pillado cómo funciona algo, ya ha cambiado tres veces. De que tu bandeja de entrada se llena más rápido de lo que puedes vaciarla. De que las redes sociales te bombardean con noticias que te generan ansiedad antes de que hayas terminado el café de la mañana. De que el mundo exige de ti una velocidad que tu cuerpo, simplemente, no puede dar.
Si sientes esto, tengo una noticia buena y una mala.
La mala es que esa sensación no va a desaparecer. No hay truco, no hay app, no hay curso de productividad que la elimine por completo.
La buena es que no es culpa tuya. No eres lento. No eres ineficiente. No te falta disciplina ni fuerza de voluntad ni ninguna de esas cosas que te vende el mercado del desarrollo personal.
Lo que te pasa tiene una explicación muy concreta. Y entenderla cambia todo.
I. El Mac de tu abuelo con el macOS de ayer
Voy a proponerte una analogía que a mí me ha ayudado mucho a entender qué está pasando.
Imagina que tienes un Mac. Un ordenador de hace cinco años. Buena máquina para su época. Funcionaba perfecto cuando lo compraste. Pero Apple, como hace siempre, ha ido sacando actualizaciones del sistema operativo. Cada año una nueva versión. Y tú, como buen usuario responsable, has ido instalando todas.
La primera actualización iba bien. La segunda, un poco más lenta. La tercera empezó a calentar el ordenador. La cuarta hacía que se quedara pensando cada vez que abrías una aplicación. Y ahora, después de la actualización número cuatrocientos, el ordenador directamente crashea. Se congela. Aparece la ruedita de colores de la muerte y te quedas mirándola mientras piensas en tirar el Mac por la ventana.
¿Es culpa del Mac? No exactamente. El hardware del Mac es el mismo que hace cinco años. No ha cambiado. Lo que ha cambiado es el software, que exige cada vez más recursos, más velocidad, más capacidad de procesamiento.
El Mac no puede seguir el ritmo del macOS.
Pues nosotros somos ese Mac.
II. Somos dos capas
Esta idea me explotó la cabeza cuando la entendí de verdad.
Los seres humanos somos básicamente dos capas. Dos niveles que funcionan con reglas completamente diferentes.
La primera capa es la biología. Es el hardware. Es tu cuerpo, tu cerebro, tus hormonas, tus instintos, tu sistema nervioso. Todo eso que heredaste de tus antepasados a través de la genética. Esta capa evoluciona por mutación genética. Y la mutación genética es un proceso lentísimo. Hablamos de miles y miles de años para cualquier cambio significativo.
La segunda capa es la cultura. Es el software. Son las ideas, las creencias, las religiones, las tecnologías, los sistemas sociales, las formas de organización, los valores. Todo eso que no heredas genéticamente sino que aprendes a través del lenguaje, de la educación, de la inmersión en una sociedad. Esta capa evoluciona por transmisión cultural. Y la transmisión cultural es rapidísima. Puede cambiar en meses, en semanas, a veces en días.
Aquí está el problema fundamental.
Las dos capas no van paralelas. El hardware evoluciona a un ritmo. El software evoluciona a otro completamente diferente. Y la diferencia de velocidad entre ambos es, literalmente, de varios órdenes de magnitud.
Tu cuerpo es prácticamente el mismo que el de un homo sapiens de hace 300.000 años. El mismo cerebro. Las mismas respuestas de estrés. Los mismos instintos de supervivencia. El mismo sistema digestivo. El mismo ciclo de sueño. El mismo necesitar contacto físico, pertenencia a un grupo, movimiento, naturaleza, silencio.
Pero el mundo en el que vive ese cuerpo ha cambiado radicalmente en los últimos cien años. Y ha cambiado de manera exponencial en los últimos veinte. Y sigue acelerando.
Es el Mac de cinco años con cuatrocientas versiones de macOS encima.
El ordenador crashea.
III. El 99% de tu historia
Voy a darte un dato que me parece brutal.
El 99% de la historia evolutiva del ser humano ocurrió en sociedades pequeñas. Grupos de entre 50 y 150 personas. Tribus nómadas que vivían de la caza y la recolección. Donde conocías a todo el mundo por su nombre. Donde tu cerebro podía procesar todas las relaciones sociales porque eran un número manejable. Donde el peligro era físico y concreto: un depredador, una tormenta, la escasez de comida. Donde el trabajo tenía un propósito claro y un resultado visible. Donde dormías cuando oscurecía y te levantabas con el sol.
El 99% de tu evolución como especie ocurrió así.
La revolución neolítica, cuando empezamos a quedarnos quietos y cultivar la tierra, fue hace unos 10.000 años. Parece mucho tiempo, pero a escala evolutiva es un parpadeo. Es el último 1% de nuestra historia.
La revolución industrial fue hace 200 años. Un pestañeo dentro del parpadeo.
Internet tiene 30 años. Los smartphones, 15. Las redes sociales como las conocemos hoy, 10.
Tu cuerpo sigue siendo el de un cazador-recolector de la sabana africana. Pero tu mente tiene que procesar miles de rostros, millones de estímulos, información constante de todo el planeta, decisiones que afectan a gente que nunca verás, amenazas abstractas que ni siquiera puedes definir.
El hardware no ha tenido tiempo de adaptarse al software.
Y probablemente no lo tendrá.
IV. El mismatch en acción
Esto no es teoría filosófica. Se ve en cosas muy concretas del día a día.
El mismatch está por todas partes.
Y cada vez es más pronunciado.
V. Por qué esto no se va a arreglar solo
Aquí viene la parte que puede sonar pesimista pero que yo encuentro liberadora.
Este desajuste entre hardware y software no se va a corregir por evolución natural.
La evolución biológica necesita presión selectiva. Necesita que los individuos que tienen ciertos genes sobrevivan más y se reproduzcan más que los que no los tienen. Y necesita miles de generaciones para que esos cambios se acumulen.
Pero la cultura no espera. La tecnología no espera. El software sigue actualizándose a un ritmo que la biología no puede seguir. Cada vez que el hardware se acerca un poco, el software ya ha dado tres saltos adelante.
Los investigadores que estudian esto lo dicen claramente: las sociedades tienen que tomar pasos activos. No podemos esperar a que la evolución nos adapte. Tenemos que diseñar conscientemente cómo vivimos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos con la tecnología, cómo protegemos nuestro hardware de un software que no para de exigir más.
Esto me parece fundamental.
Porque cambia completamente la narrativa.
La narrativa dominante te dice que el problema eres tú. Que tienes que adaptarte mejor. Que tienes que ser más eficiente, más productivo, más resiliente. Que si no aguantas el ritmo es porque te falta algo. Disciplina, enfoque, mentalidad de ganador.
Pero esa narrativa ignora el mismatch. Ignora que estás intentando correr un maratón con un cuerpo diseñado para sprints cortos de huir de depredadores. Ignora que tu cerebro está haciendo un trabajo heroico intentando funcionar en un entorno para el que no fue diseñado.
No es que te falte algo. Es que el software está diseñado para máquinas que no existen.
VI. La compasión que viene del entendimiento
Cuando entiendes esto, cuando de verdad lo integras, sucede algo interesante.
Te da menos rabia contigo mismo.
Esa voz interior que te dice "pero cómo no llegas a todo", "pero cómo te cuesta tanto esto", "pero mira fulanito cómo lo hace y tú no puedes", esa voz pierde un poco de poder.
Porque no es que seas defectuoso. Es que estás intentando ejecutar un sistema operativo que requiere más recursos de los que tu hardware puede dar. Y eso no es un fallo personal. Es una condición estructural de la época que nos ha tocado vivir.
Esto no significa que no haya nada que hacer. Todo lo contrario.
Significa que hay que hacer cosas, pero desde otro lugar. Desde la comprensión en vez de la culpa. Desde el diseño consciente en vez de la autoexigencia ciega.
VII. Diseñar la interfaz
Si el hardware no puede cambiar a la velocidad del software, la única opción es gestionar conscientemente la interfaz entre ambos.
Esto es lo que yo llamo diseñar tu propia dieta cultural.
Del mismo modo que puedes elegir qué comes sabiendo que tu cuerpo te va a pedir azúcar porque está diseñado para un mundo de escasez, puedes elegir qué información consumes, cuánto tiempo pasas en redes, cómo estructuras tu trabajo, cuándo desconectas.
No es fácil. Estás luchando contra instintos muy profundos. Contra un cerebro que evolucionó para no perderse ninguna novedad porque en la sabana cualquier novedad podía ser peligrosa. Contra un sistema de recompensa que te da dopamina cada vez que refrescas el email.
Pero es posible. Y es necesario.
Algunas preguntas que me hago yo:
¿Cuántas horas de pantalla son sostenibles para mi sistema nervioso?
¿Qué información realmente necesito y cuál es solo ruido que me activa sin darme nada útil?
¿Estoy diseñando mis días o los está diseñando el algoritmo de turno?
¿Tengo momentos de silencio real, de no-estímulo, que mi hardware necesita para recuperarse?
¿Mis relaciones se parecen más al grupo de 150 personas o a la audiencia infinita de internet?
¿Mi trabajo tiene algún momento de propósito claro y resultado visible, o es todo abstracto y difuso?
No tengo respuestas perfectas. Probablemente tú tampoco las tengas. Pero creo que hacerse estas preguntas es el primer paso para diseñar una interfaz que no crashee el sistema.
VIII. El error que todos cometemos
Hay un error muy común cuando la gente empieza a entender el mismatch. Y yo lo he cometido también.
El error es pensar que la solución es volver atrás.
Dejar las redes sociales. Irte a vivir al campo. Rechazar la tecnología. Montar una granja de permacultura y desconectar del mundo.
No digo que eso no pueda funcionar para algunas personas. Pero para la mayoría de nosotros no es una opción realista. Tenemos trabajos, familias, responsabilidades. No podemos simplemente apagar el software y volver a la sabana.
Y además, no creo que sea lo que queremos.
Porque el software también nos ha dado cosas increíbles. Medicina que nos mantiene vivos. Comunicación con personas al otro lado del mundo. Acceso a conocimiento que antes solo tenían unos pocos privilegiados. Capacidad de crear, de expresarnos, de conectar de maneras que nuestros antepasados ni siquiera podían imaginar.
El problema no es el software en sí. El problema es no gestionar la interfaz. Es dejar que el software corra a toda velocidad sin tener en cuenta las limitaciones del hardware.
La solución no es volver atrás. Es avanzar conscientemente.
Es usar el software sabiendo que tienes un hardware antiguo. Es elegir qué actualizaciones instalas y cuáles no. Es diseñar tu vida de manera que aproveches lo mejor de la tecnología sin que te destruya.
No es fácil encontrar ese equilibrio. Yo sigo buscándolo. Pero creo que esa es la única dirección que tiene sentido. Ni la negación del cambio ni la rendición total ante él. Algo en el medio. Algo diseñado.
IX. Los límites como estrategia
Hay algo que el mundo moderno considera debilidad y que yo cada vez veo más como inteligencia: poner límites.
Decir no. Desconectar. Elegir no saber algo. Elegir no estar disponible. Elegir proteger tu tiempo y tu atención como los recursos escasos que son.
Porque tu hardware tiene límites. Reales. Físicos. Que no van a cambiar por mucho que el software te exija más.
Puedes ignorar esos límites un tiempo. Puedes tirar de reservas. Puedes aguantar más de lo que crees que puedes aguantar. Pero al final el sistema crashea. Se llama burnout. Se llama ansiedad crónica. Se llama depresión. Se llama enfermedad.
O puedes respetar los límites antes de que tu cuerpo te obligue a respetarlos.
No es fácil en una cultura que premia el "sí a todo", el "siempre disponible", el "más es mejor". Pero es la única estrategia sostenible a largo plazo.
El Mac de cinco años no puede correr el último macOS. No es que le falte voluntad. Es física. Es hardware. Y cuanto antes lo aceptes, antes puedes empezar a elegir qué software ejecutas y cuál no.
X. La ventaja de saber
Voy a terminar con esto.
Entender el mismatch no soluciona el mismatch. Seguirás sintiendo que el mundo va rápido. Seguirás teniendo días donde no llegas a todo. Seguirás luchando contra instintos que te empujan hacia el scroll infinito y la sobreestimulación.
Pero saber te da algo que no tenías.
Te da contexto. Te da la capacidad de no tomártelo tan personalmente. De no caer en la trampa de pensar que otros lo hacen mejor porque son mejores, cuando probablemente solo están más cerca del crash que tú.
Te da permiso para diseñar tu vida de manera diferente. Para no comprar la narrativa de que tienes que correr más rápido. Para buscar un equilibrio que tenga en cuenta que tu hardware no fue diseñado para esto.
Y te da compasión. Hacia ti mismo y hacia los demás. Porque todos estamos en el mismo barco. Todos somos Macs de hace 300.000 años intentando ejecutar un sistema operativo que cambia cada semana.
No tengo todas las respuestas. Nadie las tiene. Estamos todos navegando esto como podemos.
Pero al menos podemos navegar sabiendo qué está pasando. Sabiendo que el problema no es el Mac. Sabiendo que hay límites que merecen respeto. Sabiendo que diseñar conscientemente cómo vivimos no es un lujo sino una necesidad.
El software va a seguir actualizándose. Eso no lo controlamos.
Lo que sí controlamos es cómo protegemos el hardware mientras tanto.En este video hablo sobre esto en Youtube si te interesa.
