Hola.
Aprendiendo a hacer el amor con una monja sexóloga
Déjame hacerte una pregunta un poco incómoda para abrir este jueves.
Pero antes, una confesión rápida. Sé que llevo un tiempo irregular con esto. Subo, desaparezco, vuelvo, y vuelvo a desaparecer. Lo más fácil sería venderte la excusa de siempre ("estoy muy liado") y dejarlo ahí. Y sí, estoy liado. Pero la verdad completa es más interesante que eso, y tiene que ver precisamente con lo que vamos a hablar hoy. Quédate con esto: mi irregularidad no es un bug, es un feature. Luego te cuento el porqué.
Ahora sí, la pregunta.
¿Tú le harías caso a una monja dándote consejos de sexualidad? ¿O a un cura explicándote cómo llevar tu matrimonio?
Suena ridículo, ¿verdad? Pues es exactamente lo que nos está pasando a todos cada vez que abrimos Twitter, YouTube o LinkedIn. Ahí fuera hay un tío subiendo cinco vídeos al día sobre IA. Otro que lleva diez horas diarias colgado de Twitter "enseñándote a ganar dinero". Una coach de alto rendimiento que vive pegada al móvil.
Piénsalo por un segundo. Si se pasa el día subiendo contenido, ¿cuándo coño está ganando dinero de verdad? ¿Cuándo está dentro del negocio, peleando, fallando, aprendiendo del barro?
Es el mismo error que cometimos con la educación industrial, por cierto. Ese profesor de business que daba ocho horas de clase al día no era un businessman. Era un teacher man. Y los dos oficios se parecen en el título, pero no tienen nada que ver entre ellos. Uno vive del escenario, el otro vive del barro.
Hoy quiero hablarte de esto: de por qué la información ha dejado de ser un activo, de por qué lo único premium que te queda es la experiencia vivida, y de qué podemos hacer esta misma semana para dejar de tragar refritos y empezar a construir algo que nos sirva cuando todo cambie otra vez. Que va a ser pronto.
Si estás leyendo esto entre reunión y reunión, con la sensación de que llevas meses consumiendo contenido sin que tu vida mejore un milímetro, este email es para ti.
I. No es lo mismo hablar de follar que follar
Hay cosas que solo se pueden expresar a través de la experiencia. No hay atajo. No hay curso. No hay prompt de ChatGPT que sustituya lo que tu cuerpo aprende cuando se mete en el barro.
El tío experto en IA que sube cinco piezas al día sobre IA. El experto en dinero que se pasa diez horas en Twitter. El coach de alto rendimiento que vive pegado al móvil. Adivina qué son en realidad. Son creadores de contenido. Y si su trabajo real es crear contenido, entonces no son expertos en IA, ni en dinero, ni en rendimiento. Son expertos en crear contenido sobre esas cosas. Que no es ni remotamente lo mismo.
Es la paradoja de la monja sexóloga. Puede haber leído todos los libros del mundo sobre sexualidad. Puede tener un máster. Puede citar a Freud, a Esther Perel y a quien le dé la gana. Pero hay algo que no sabe, y ese algo lo sabe cualquier persona que haya estado en una cama con otra. La diferencia no es de cantidad de información, es de naturaleza.
Piensa en las personas a las que llevamos escuchando este último año. Los podcasts que seguimos, las newsletters que leemos, los cursos que hemos comprado. Y hazte una sola pregunta por cada uno: ¿esta persona está haciendo lo que predica, o está haciendo contenido sobre lo que otros hacen?
Si la respuesta es la segunda, acabas de descubrir a una monja sexóloga. Y no pasa nada, yo también tengo varios en mi lista. La cuestión no es flagelarse. Es empezar a filtrar con otro criterio a partir de hoy.
II. El fracasado de mi escuela (y los tres alumnos que sí sabían)
Yo no tengo estudios superiores. Pero hice un FP de técnico de sonido cuando abrí mi primer negocio a los 19 años, un pequeño estudio de grabación de maquetas en Santiago. Quería aprender a mezclar y a masterizar mejor, así que me metí en una escuela en Vigo durante dos años.
El jefecillo de mis profesores era un tío que tenía un estudio de grabación en la ciudad. Se hacía pasar por una leyenda del rock, por una gloria local. Y nos impresionaba, claro. Éramos niños de 17 años ilusionados con aprender cualquier cosa que él quisiera soltarnos. Tenía máquinas. Tenía un estudio. Tenía pose. Para nosotros, eso era suficiente.
Visto desde la perspectiva del que después acabó siendo un productor que ha trabajado con Diplo, con Flosstradamus, que ha pinchado por medio mundo, hoy entiendo lo que aquel tío era en realidad. Un pobre fracasado. Un tío que no pudo triunfar en la música y que se dedicaba a dar clase a niños para alimentar un ego que necesitaba público. Un juguete roto de la industria disfrazado de maestro.
Era déspota con nosotros, nos trataba mal, vivía intentando demostrar lo superior que era. Me acuerdo perfectamente de haber llorado una vez después de una clase en la que se pasó conmigo. Mis padres estaban pasando por el divorcio, yo estaba destrozado, y él le echó sal encima porque su ego necesitaba alimentarse de la humillación de un crío. Me acuerdo de su cara. No voy a decir su nombre, pero me acuerdo perfectamente.
Y aquí viene lo interesante.
De las personas que más aprendí en ese ciclo de mi vida, que literalmente era un ciclo formativo, no fue ninguno de los profesores. Fueron dos o tres compañeros de una clase de treinta. Al resto le importaba todo una mierda. Estaban allí porque era un sitio fácil donde te dejaban fumar porros en el recreo "porque era una escuela de artistas", había chicas guapas en las clases de imagen, y era la ruta más barata para alguien que no tenía claro lo que quería.
Pero había tres chicos. Uno de ellos, Iván, de mi misma edad. Y esos tres sabían muchísimo más que mi profesor déspota. ¿Sabes por qué? Porque estaban obsesionados con aprender a ser mejores. Leían. Estaban en foros de internet hace casi 20 años, cuando los foros eran el far west del conocimiento. No iban a clase a lucirse. Iban a clase porque tocaba, pero su verdadera escuela era la obsesión.
Esos tres se convirtieron en mis mentores. Las primeras personas que realmente me enseñaron cómo funcionaba el negocio. Y a través de esa amistad, de esas conversaciones, acabé aterrizando en mi primer trabajo real como músico y DJ: fui el DJ de un grupo gallego que en su momento fue muy popular, Dios Ke Te Crew. Con 19 años estaba en escenarios delante de miles de personas, aprendiendo del mundo real cómo se gira, cómo se contrata, cómo se construye un disco. Esa base renacentista de experiencia real es la que luego me llevé a todos los negocios que he construido.
Y la lección que me llevo de ahí es esta: los maestros de verdad casi nunca están en la tarima. Están sentados a tu lado, peleándose con el mismo problema que tú, pero más obsesionados.
Cuando buscamos a "el experto" que nos dé las respuestas, muchas veces estamos mirando en la tarima, y la persona que más tiene que enseñarnos está sentada dos filas más atrás, peleándose con su propio proyecto. Encontrarla requiere otro tipo de ojo. Y ese ojo se entrena.
III. Argamasa de internet
Quiero que esto se te quede grabado porque es la tesis de todo lo que te voy a contar en los próximos meses.
En un mundo donde todo lo escrito está a un clic, la información ha dejado de ser un activo.
Vender información en 2026 es como vender agua en un río. Puedes hacerlo, sí. Le pones una etiqueta bonita, un curso de 297 euros, una página de ventas con testimonios, un funnel de email. Pero lo que estás vendiendo ya no tiene valor intrínseco. Lo que estás vendiendo es empaquetado, posicionamiento, persuasión. No conocimiento.
Y te voy a contar un secreto desde dentro, porque yo fui pionero del tema avatares y sé perfectamente cómo funciona esto por debajo.
¿No sabéis lo fácil que sería para mí tener ahora mismo cinco cuentas de avatares subiendo vídeos todo el día? Podría fabricar diez "expertos virtuales" que recitan el mismo guion requemado que la gente ya está tragando con su propio cuerpo humano. Y de hecho, eso ya está pasando. Hay influencers en España que son avatares. Personajes que no existen.
Son literalmente lo que yo llamo en mi cabeza argamasa de internet. Lo que ahora llaman slop. Contenido regurgitado. Y la mecánica es casi siempre la misma: alguien ve que un tema funciona, le cambia tres palabras, le pone su cara (o la de un avatar), y lo vende como si fuera suyo. Normalmente para meter un curso hecho con información que ellos mismos vieron gratis en YouTube.
Esto es lo que es en realidad: comerse la propia mierda, cagarla y volverla a comer. Un ciclo infinito que cada pasada degrada un poco más, como una fotocopia de una fotocopia.
Y aquí viene la pregunta seria, porque va directa a nuestra supervivencia profesional en los próximos tres años. Si tu valor en el mercado sigue anclado a algo que cualquiera puede googlear, ese valor está en riesgo. No porque la IA te vaya a sustituir a ti. Sino porque la IA ya ha sustituido el ACTIVO sobre el que muchos habíamos construido nuestro valor.
La buena noticia es que hay otro activo esperándote. El que seguirá siendo premium durante los próximos diez años: lo que has vivido con tu cuerpo. Las batallas que has peleado. Los proyectos en los que te has quemado. Los clientes difíciles que aprendiste a leer. Los errores caros que te enseñaron patrones que ningún curso te puede dar.
Eso no se puede googlear. Eso no se puede descargar. Eso no lo puede fabricar un modelo. Es tuyo, y es lo único que nadie te puede copiar. Y si estás leyendo esta newsletter, te garantizo que tienes más de lo que crees. El problema no es que te falte experiencia. Es que no la has ordenado todavía.
IV. Por qué desaparezco a veces (la "excusa" completa)
Te prometí al principio que te iba a explicar mi irregularidad.
Si yo te quiero hablar de follar, que menos que estar en la cama de vez en cuando.
Este último mes he estado en Tenerife fundando un negocio nuevo para agentes con mi socio Archie. He estado en Rotterdam, donde tengo un rol de CTO desarrollando tecnología de avatares y captura de movimiento para kickboxing. He estado en el campo de batalla. Y precisamente por eso, lo que te cuente cuando vuelva va a tener valor real, no refrito.
Si yo me pasara diez horas al día en Twitter dándoos consejos de negocio, tendría que elegir una de dos cosas: o hago negocio, o hago contenido sobre hacer negocio. No se pueden hacer las dos a tope. Cualquiera que te diga lo contrario te está mintiendo, o lo que vende es tan superficial que no requiere tiempo real para producirlo.
Por eso desaparezco. Para estar en los negocios, sí. Pero también para estar en la vida. Para estar con Damián, que acaba de cumplir tres años y medio. Para tener conversaciones largas con Jennice sobre dónde queremos ir, cómo nos están afectando las redes, cómo están afectando a nuestro hijo. Para entrenar. Para pensar. Para aburrirme, que es donde nacen las mejores ideas.
Y aquí viene el puente para ti. A mí me sirve desaparecer del contenido para poder generarlo con verdad. A ti, probablemente, te sirve algo parecido pero adaptado: generar huecos donde no hay input externo, donde tu cabeza pueda mascar lo que ya sabe en vez de seguir tragando lo que otros dicen. No una semana. Basta con una tarde de verdad. Un paseo sin móvil. Un bloque de dos horas con un papel en blanco.
Porque es en esos huecos donde se genera el conocimiento que después, cuando hablas, tiene peso. Tiene sal. Sabe a cama, no a libro de monja.
V. Qué hacer con esto el lunes por la mañana
Tres cosas que puedes hacer esta misma semana.
Primera: haz auditoría de monjas sexólogas.
Coge las diez últimas cuentas a las que has prestado atención seria este último mes. Podcasts, newsletters, influencers, coaches. Las diez. Y hazte una sola pregunta por cada una:
¿Esta persona está en el campo, o está haciendo contenido sobre el campo?
Si la respuesta honesta es "está haciendo contenido", baja esa cuenta de prioridad. No hace falta que la quemes ni que la dejes de seguir mañana. Basta con que le des el peso que merece: entretenimiento, no maestría. Quédate con las personas que tienen cicatrices recientes del barro, y pon ahí tu atención de verdad.
Pista útil: las personas que están en el campo suelen publicar menos, de forma más irregular, y no tienen un calendario editorial perfecto. Porque están ocupadas haciendo lo que dicen que hacen.
Segunda: define tu activo experiencia.
Coge un papel y un boli. Nada de Notion. Papel y boli, porque el cuerpo tiene que estar involucrado. Y escribe:
¿Qué tres cosas he vivido en los últimos cinco años que no se pueden aprender en Google?
Puede ser un proyecto en el que te quemaste. Un cliente imposible que aprendiste a leer. Un error caro que te enseñó un patrón. Una crisis personal que te dio músculo. Un giro profesional en el que te dejaste la piel.
Esos tres puntos son tu activo premium. Lo único tuyo que nadie te puede quitar ni fotocopiar. Tu carrera de aquí a cinco años no se va a construir sobre lo que sepas, sino sobre lo que hayas atravesado.
Tercera: bloquea dos huecos de silencio este fin de semana.
Dos bloques de una o dos horas, sin móvil, sin consumo externo, donde tu cabeza pueda respirar y rumiar lo que ya sabe.
Un paseo largo solo. Una conversación con alguien que esté en el barro (no con un creador de contenido). Una tarde con un papel en blanco y un problema de tu negocio al que llevas meses dándole largas. Un café con tu pareja, con tu madre, con un amigo que no te venda nada.
No es un retiro espiritual. Son dos huecos que te van a devolver señal donde llevas meses acumulando ruido. Y vas a flipar con lo que aparece en esos silencios. Porque lo que aparece ahí es tuyo. Y lo tuyo es el único activo que te va a llevar a algún sitio.
VI. Lo que sí pasa aquí
Antes de cerrar, una cosa que llevo tiempo queriendo compartir.
Estas newsletters tienen casi un 40% de tasa de apertura media. Para quien no esté metido en el mundo del email marketing: es una animalada. Es el tipo de número que hace que la gente del sector crea que estás inflando los datos. Pero está ahí. Y no es por mi cara. No es por mi pose. Es porque esto no es contenido regurgitado.
Lo veo aún más claro en las consultorías uno a uno de Apex. Cuando me siento con alguien que está hasta la polla de información requemada, alguien que ha comprado cursos, leído libros, consumido podcasts durante años, y que aún así está atascado, lo que encontramos juntos no es más información. Es otra cosa. Es experiencia traducida a su situación concreta. Es el hueco que la argamasa de internet nunca va a poder llenar: la lectura específica del barro concreto en el que esa persona está metida.
Y eso es lo que intento ofrecerte aquí. Con mis irregularidades. Con mis desapariciones. Con mis fallos. Yo también soy un iniciado, lo sabes. Estoy explorando esto al mismo tiempo que tú. Pero lo estoy explorando desde dentro, no desde la tarima.
Ahora me voy a Los Ángeles. Tengo reunión con el jefe de la PGA en Dallas, con el coach y el presidente, para una posible colaboración con la tecnología de avatares que estoy desarrollando. Luego voy a ver a algunos amigos y clientes, y después a una boda el sábado. Vuelvo con más cicatrices. Y vuelvo con la seguridad de que lo que te cuente va a valer la pena precisamente porque voy a haber estado fuera.
Hasta entonces, haz las tres cosas que te pedí. La auditoría de monjas sexólogas. Los tres puntos de tu activo experiencia. Los dos huecos de silencio este fin de semana.
Nos leemos pronto desde el sitio desde el que escribo siempre: desde alguien que vuelve del barro con algo en las manos.
Porque al final, la única pregunta que importa es la primera que te hice hoy.
¿A quién le estás haciendo caso? ¿Y qué sabe esa persona que no se pueda aprender sin haberlo vivido?
