Hola.
La semana pasada estuve en Los Ángeles. Fui con mi familia a una boda, y aproveché para ver a amigos que llevan años allí, de la época en que yo vivía en California.
Una de esas noches, en casa de mi amigo Curt, tuve una conversación que no me he podido quitar de la cabeza. Llevo días dándole vueltas. Le escribí al día siguiente diciéndole que no podía dejar de pensar en lo que había dicho su mujer. Él le enseñó el mensaje, y me contestó que a ella se le habían caído unas lágrimas al leerlo.
Hoy te voy a contar esa conversación. No porque tenga la respuesta a lo que plantea, sino porque toca algo que muchos de nosotros, profesionales de 35 o 40 años que llevamos toda la vida construyendo nuestra identidad alrededor de lo que sabemos hacer con la cabeza, vamos a tener que enfrentar más pronto que tarde. Y al final del email te dejo una pregunta y un ejercicio que pueden cambiar cómo ves tu próximo año. No porque yo tenga la solución, sino porque a mí me están ayudando a pensar.
Pero primero, necesito que conozcas a Nev.
I. La mujer que lo tiene todo (y siente que se le acaba)
Nev es la mujer de Curt. Y su historia es de esas que te obligan a prestar atención.
Es turca. A los 17 años ganó una olimpiada de matemáticas y fue becada por Stanford, que es, literalmente, la universidad de Silicon Valley. A los 19 ya hacía prácticas en Google mientras seguía estudiando. Después trabajó en Meta. Está acabando su doctorado en machine learning. Y ahora trabaja en una startup de la que no puedo contar mucho, porque todo es bastante secreto, pero lo que sé es que están resolviendo uno de los problemas más grandes del mundo de la inteligencia artificial: el problema de la energía y las GPUs.
Su cerebro ha sido, literalmente, el activo que le ha permitido construir toda su vida: salir de Turquía, llegar a la mejor universidad del planeta, posicionarse donde está.
Y esa noche, en su casa de Los Ángeles, antes de irnos a cenar, me dijo algo que se me ha quedado clavado.
Me dijo que sabía que le quedaban tres años.
Tres años antes de que los sistemas que ella misma ayuda a construir hagan su trabajo mejor que ella. Tres años antes de que su cerebro, ese activo que le sacó de su país, que le abrió las puertas de Stanford, que la ha definido como persona, deje de tener el valor profesional que ha tenido hasta ahora.
Y lo que más me impactó no fue lo que dijo. Fue cómo lo dijo.
II. No estaba en crisis. Estaba en duelo.
Nev no hablaba como alguien asustada. No estaba en pánico. No estaba en negación.
Hablaba como una viuda que echa de menos a alguien que ya sabe que ha perdido.
Me contó que ya no hace código. Que hasta el trabajo más profundo de matemáticas que antes hacía a mano, ahora lo hace a través de modelos de lenguaje. Que su día a día consiste en ser una "orquestadora" de un grupo enorme de agentes de IA que hacen el trabajo por ella. Y estamos hablando de trabajo científico de primerísimo nivel, no de rellenar datos en una hoja de cálculo.
Me dijo: "He dedicado mi vida a mi cerebro. Mi cerebro es mi asset. Salí de Turquía gracias a las matemáticas. Llegué a Stanford gracias a mi cerebro. Todo lo que soy se lo debo a lo que hay aquí dentro."
Imaginad la cantidad de horas de estudio, la cantidad de información absorbida, la cantidad de trabajo que esa mujer ha invertido para llegar donde está. Un talento natural brutal, más años de dedicación absoluta. Y a pesar de todo eso, ya ha asumido que a ese propósito, el de trabajar desde su cerebro, le quedan tres años de vida útil.
Ya tiene un plan de salida. Me lo contó con calma, casi con ternura. Se retira al campo. Está cerrando un ciclo con la misma honestidad con la que lo abrió.
Quizás estés leyendo esto y pienses: "Bueno, pero eso es Silicon Valley, eso está muy lejos de mi vida." Espera. Porque lo que viene es precisamente sobre ti.
Si eres alguien que lleva quince o veinte años construyendo una carrera alrededor de lo que sabe hacer con la cabeza, da igual si eres consultor, abogado, diseñador, analista, programador o marketero, lo que Nev siente es una versión extrema de algo que probablemente ya te ha rozado: esa sospecha de que el terreno sobre el que has construido tu identidad profesional se está moviendo bajo tus pies. Y no sabes hacia dónde.
III. La muerte que yo ya viví
Le dije a Nev algo que llevaba tiempo sin decir en voz alta.
"No es igual, pero es parecido. Porque yo ya he pasado por esto."
Yo empecé con la música a los 17 años. Absolutamente todos mis sueños, todas mis horas despierto, el 90% de mi tiempo iba a una sola cosa: intentar ser el mejor productor, mezclador, masterizador que pudiera ser. Me obsesioné con ese craft. Lo quería todo. Quería vivir de ello, que fuera lo que me diera de comer, que fuera mi vida.
Y durante años lo fue. Giré por más de veinte países. Toqué en festivales enormes. Conseguí lo que me había propuesto.
Pero cuando la situación cultural cambió, cuando vi que la industria musical se había transformado en algo que ya no reconocía, y tomé la decisión de dejarlo, sentí que me estaba matando. Literalmente. Sentí que todo lo que yo era, esa persona que había construido durante años alrededor de un oficio, una obsesión, una forma de valorarme a mí mismo, se moría.
Y ahí está la clave: ese "yo" que sentía que se moría no era mi yo verdadero. Era el yo que había construido alrededor de habilidades cognitivas, de lo que mi cerebro sabía hacer. Un yo bastante superficial, atado a un título, a un oficio, a una identidad profesional. No a algo más profundo.
Cuando esa identidad murió, fue como matarme a mí mismo y tener que volver a nacer. La pregunta que me quedó flotando durante meses fue la más básica y la más aterradora de todas: si ya no soy eso, entonces qué soy.
Y eso es exactamente lo que le está pasando a Nev. Con una diferencia: a mí me lo provocó un cambio cultural en una industria. A ella se lo está provocando un cambio civilizatorio que afecta a todas las industrias.
Seguramente conoces esa sensación, aunque sea en versión suave. Ese momento en el que el suelo profesional se mueve y te preguntas "pero entonces, qué queda de mí sin esto". No hace falta que seas doctora en machine learning de Stanford. Basta con que lleves años identificándote con lo que haces para ganarte la vida.
IV. El meme que lo resume todo
Hay un meme que lleva semanas circulando por Twitter y que me parece brillante en su simplicidad:
Trabajador > Descubre IA > Orquestador de agentes > Granjero
Me reí cuando lo vi. Pero después de la conversación con Nev, ya no me hace tanta gracia. Porque lo que ese meme describe, con toda la ironía del mundo, es exactamente lo que está pasando. En las empresas más punteras del planeta, la gente que construye inteligencia artificial ya no programa. Orquesta. Y las más honestas ya están mirando qué hay después de la orquestación. ¿Y qué hay después? Según el meme, una granja. Volver a la tierra.
Nev me habló exactamente de eso. De retirarse al campo. De la maternidad. De conectar con algo más ancestral, más físico, más humano.
Es como si el arco de la historia hiciera un loop: salimos de la tierra para ir a la fábrica, de la fábrica fuimos a la oficina, de la oficina al ordenador, del ordenador a la nube. Y ahora que la nube piensa por nosotros, ¿volvemos a la tierra?
Suena absurdo. Y a la vez, tiene una lógica poética que cuesta ignorar.
Pero aquí viene la pregunta que de verdad importa, la que llevo días haciéndome y que necesito hacerte a ti: si personas como Nev, que están en el top absoluto del trabajo cognitivo, en la punta de la punta, asumen que su cerebro tiene fecha de caducidad como herramienta productiva, ¿cuál es el plan para el resto de nosotros? Los que no somos prodigios becados por Stanford. Los que llevamos veinte años ganándonos la vida con nuestro conocimiento, nuestra experiencia, nuestro criterio. ¿Qué nos queda cuando todo eso lo haga mejor una máquina?
V. Lo que queda cuando se va el cerebro
Nev y yo hablamos de algo que no suele aparecer en las conversaciones sobre inteligencia artificial.
Hablamos de que, a lo mejor, esto no es un apocalipsis. A lo mejor es una muda. Como la de una serpiente que suelta su piel vieja porque le queda pequeña.
Pensadlo así. Hemos usado nuestro cuerpo y nuestro cerebro como una fábrica durante una etapa determinada de nuestra historia. Pero somos un bebé de cara al camino evolutivo. Igual esta etapa, la de usar nuestra inteligencia como herramienta de producción, era solo eso: una etapa. Un paso necesario para poder delegar ese trabajo y empezar a desarrollar algo que llevamos siglos intuyendo pero que el ruido del día a día nos impide explorar.
De esto ya os hablé en una de las primeras newsletters: si la revolución industrial nos hizo débiles físicamente, porque delegamos nuestra fuerza a las máquinas, la revolución de la IA nos está dejando, como mínimo, en una posición muy incómoda respecto a nuestra inteligencia.
La fuerza física migró fuera de nuestro cuerpo hace doscientos años. Dejamos de necesitar nuestros músculos para producir. Y sobrevivimos. Nos reinventamos. Nos convertimos en "trabajadores del conocimiento", la famosa clase que Peter Drucker bautizó en los años 60.
Pero ahora es la inteligencia, el conocimiento, la capacidad cognitiva la que está migrando fuera de nosotros. Y eso plantea una pregunta mucho más profunda. Porque cuando perdimos la fuerza, todavía nos quedaba el cerebro. Cuando perdamos el cerebro como ventaja productiva... ¿qué nos queda?
Y aquí es donde la conversación con Nev pegó un giro que no esperaba.
Empezamos a hablar de espiritualidad. En serio. Una doctora en machine learning de Stanford y un ex-DJ reconvertido en emprendedor tech, hablando de los yoguis, de los hindúes, del concepto de "soltar el cuerpo", de ir más allá de las necesidades terrenales.
Casi todas las tradiciones espirituales del mundo llevan siglos diciendo algo parecido: hay algo en nosotros que va más allá de la cabeza, más allá de la producción, más allá del trabajo. Nuestra inteligencia emocional. Nuestra inteligencia espiritual. Nuestra capacidad de conectar con otros seres humanos de verdad, que siendo honestos, es una mierda. Nos hemos separado más de lo que nos hemos unido.
Si ponemos nuestra capacidad cognitiva como un "poder terrenal", como el poder de la cabeza, podemos encontrar poderes mucho más valiosos en nosotros. Lo que pasa es que el barullo cerebral del día a día, las reuniones, los emails, las métricas, el KPI de turno, no nos dejan darnos cuenta de que somos algo más profundo que una calculadora humana.
Aplicado a tu vida: ¿cuánto tiempo dedicas a la semana a desarrollar tu inteligencia emocional? ¿A conectar de verdad con las personas que te importan? ¿A preguntarte quién eres más allá de tu cargo? Si eres como la mayoría de profesionales que conozco, la respuesta es "casi nada". Porque no queda tiempo. Porque el cerebro está siempre ocupado produciendo.
Y el hecho de que una máquina nos esté quitando ese trabajo, a lo mejor, solo a lo mejor, es exactamente lo que necesitábamos para dejar de mirar solo la pantalla y empezar a mirarnos a nosotros mismos.
No lo digo con certeza. Lo digo como una intuición que no me puedo quitar de encima.
VI. El coraje de verse sin armadura
Hay algo fundamental en lo que Nev estaba haciendo aquella noche, y va directamente para todos los que estamos leyendo esto.
Hace falta mucho coraje y un ego muy controlado para asumir de verdad lo que está pasando.
Porque la reacción natural es decir: "Yo soy insustituible. Mi criterio es único. Lo que yo hago no lo puede hacer una máquina." Y lo entiendo. A nadie le gusta pensar que aquello en lo que ha invertido años, décadas, puede dejar de ser relevante.
Pero ese "yo" que está analizando la situación no es tu verdadero yo. Es el yo que has construido en la sociedad industrial. Es el yo del cerebro. El yo del título, del cargo, del expertise. Y si te ves solo como un cerebro, tu futuro puede que esté en peligro.
Esto no va de ser pesimista. Va exactamente de lo contrario. Va de tener el coraje de quitarte la armadura profesional un momento y preguntarte: si no fuera mi cargo, mi título, mi habilidad técnica, ¿qué soy? No qué hago. Qué soy.
Es una pregunta que, a los 35 o 40 años, da bastante vértigo. Porque llevamos toda la vida adulta respondiendo a la versión fácil: "Soy consultor." "Soy directora de marketing." "Soy ingeniero." Es cómodo. Es limpio. Cabe en una tarjeta de visita.
Pero lo que viene nos va a pedir una respuesta más honda. Y los que empiecen a buscarla ahora, antes de que el mercado les obligue, van a tener una ventaja enorme sobre los que esperen al último momento.
No es una ventaja técnica. No es aprender la herramienta de moda. Es algo más raro y más valioso: es saber quién eres cuando el ruido para. Es tener una identidad que no depende de tu LinkedIn.
VII. Lo que puedes hacer con esto (aunque nadie tenga la respuesta completa)
No te voy a mentir. No tengo un framework de cinco pasos para resolver una crisis existencial de civilización. Cualquiera que te lo venda es un vendedor de humo.
Lo que sí tengo es algo que a mí me está funcionando. Y quiero compartirlo contigo, no como gurú sino como compañero que está exactamente en el mismo camino.
Hay un ejercicio que empecé a hacer después de mi conversación con Nev, y que llevo practicando esta semana. Lo llamo el inventario de lo que queda. Es simple, dura veinte minutos, y te cambia la perspectiva.
Paso uno. Coge un folio y divídelo en dos columnas. A la izquierda, escribe "Lo que sé hacer" y a la derecha, escribe "Lo que soy". En la columna de la izquierda pon todas tus habilidades profesionales: analizar datos, gestionar equipos, escribir informes, diseñar estrategias, lo que sea. En la columna de la derecha pon todo lo que eres fuera de esas habilidades: padre, amiga, la persona que sabe escuchar cuando alguien está jodido, el que siempre ve el ángulo que nadie ve en una cena, la que conecta a personas que no se conocían. Las cosas que ningún modelo de lenguaje va a replicar jamás.
Paso dos. Mira las dos columnas. Honestamente: ¿cuánto tiempo de tu semana dedicas a la columna de la izquierda y cuánto a la de la derecha? Para la mayoría la respuesta es demoledora: 90-10, o peor.
Paso tres. Hazte una pregunta que suena sencilla pero que te va a revolcar por dentro: si mañana la columna de la izquierda desapareciera, si todo lo que sabes hacer lo hiciera mejor una máquina, ¿qué te quedaría? No como tragedia, sino como posibilidad. Qué semillas hay en esa columna de la derecha que llevas años sin regar porque estabas demasiado ocupado siendo productivo.
No te pido que hagas nada con las respuestas. Solo que las mires. Que dejes que te remuevan un poco. Porque ese removimiento es exactamente el principio de algo.
VIII. Una semilla, no una conclusión
Quiero ser honesto contigo.
Esta no es una newsletter que acaba con una resolución, porque no la tengo. Si la tuviera sería un falso mesías, un predicador. Y sé que mucha gente odia esto, porque en redes sociales y en el mundo de hoy lo que se pide son gurús con certezas. Pero las certezas, en un momento como este, son mentira.
Lo que tengo son conversaciones abiertas. Ideas honestas. Murmullos en mi cabeza que intento resolver todos los días. Cosas que me gusta compartir con vosotros.
En este caso, una semilla. Una sensación que me ha dejado mi amiga Nev después de nuestra conversación en Los Ángeles.
He tenido muchas conversaciones profundas a lo largo de mi vida. Con gente brillante, con gente que está en la cima de sus campos. Pero pocas me han dejado este poso. Porque Nev no es alguien que observa el problema desde fuera. Nev vive dentro de él. Está construyendo las mismas máquinas que la van a dejar sin propósito. Y lo sabe. Y lo acepta. Y está buscando qué viene después con una honestidad que pocas personas tienen.
Creo que todos podemos aprender de eso. No de sus respuestas, que ella misma reconoce que no tiene, sino de su actitud: la de alguien que mira de frente lo que viene, sin negarlo, sin narcotizarlo con más productividad, sin esconderse detrás de un título.
Le he pedido a Curt y a Nev que esta semana hagamos una llamada más larga. Quiero seguir tirando de este hilo. Y si consigo que salga algo compartible, os lo traeré aquí.
Esto es un "to be continued". Una primera parte. Una conversación que acaba de empezar.
Y si después de leer esto te ha quedado resonando algo, aunque sea una incomodidad pequeña, un "hostia, es verdad, yo también me defino demasiado por lo que hago", entonces este email ya ha cumplido su función.
No te pido que tengas la respuesta. Te pido que no ignores la pregunta.
