Hola.
Te voy a contar algo que igual no quieres oír.
Desde que empecé a escribir lo que pienso de verdad, sin disfrazarlo de eslogan ni de bandera, no he hecho otra cosa que perder gente. Suscriptores que se van. Followers que se borran. Lectores que dejan de abrir los correos. Y no es porque las ideas sean peores. Es porque son más honestas. Y la honestidad, en este momento del mundo, no escala.
Si estás leyendo esto, quiero que sepas dónde te metes hoy. Vamos a hablar de por qué la gente prefiere posiciones radicales antes que pensar, por qué las redes sociales premian al ignorante atrevido, y por qué intentar vivir en el medio (que es, casi siempre, donde está la verdad) es un juego a perder en términos de números pero un juego a ganar en términos de vida. Al final del email te dejo un ejercicio concreto de cinco minutos para detectar a qué "club de fútbol" estás afiliado sin haberlo elegido conscientemente, y qué hacer al respecto el lunes por la mañana.
No es un email cómodo. No te voy a decir que sigas a alguien. Te voy a pedir que pienses. Que es, en 2026, casi un acto de rebeldía.
I. Está probado: nadie quiere pensar
Hay un libro que igual te apetece mirar después de leer esto. Se llama Expert Political Judgment, de Philip Tetlock (Princeton, 2005). Tetlock se pasó veinte años recopilando casi 28.000 predicciones de 284 expertos sobre política, economía y geopolítica. El resultado le ha hecho famoso, aunque no por las razones que él esperaba.
Tetlock encontró que los expertos se dividían básicamente en dos tribus. Por un lado, los erizos: gente que tiene una idea grande, una sola, y mira el mundo a través de ella. Saben mucho de una cosa. Por el otro, los zorros: gente que sabe muchas cosas pequeñas, que combina ideas, que duda, que matiza, que dice "depende".
¿Quiénes acertaban más en sus predicciones? Los zorros. Por mucho.
¿Y quiénes salían en televisión, vendían más libros y tenían más invitaciones a podcasts? Los erizos. Por mucho también.
""El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una grande""
— Arquíloco, citado por Isaiah Berlin (1953)
La metáfora no es de Tetlock, por cierto. Viene de un ensayo precioso de Isaiah Berlin de 1953, que a su vez la sacó de un fragmento del poeta griego Arquíloco. Berlin la usó para hablar de Tolstói. Tetlock la usó para hablar de los expertos. Yo la voy a usar para hablar de ti y de mí.
Porque esto no es un problema de los expertos. Es un problema de la naturaleza humana. La gente que dice "esto es así, está probado, sígueme a mí, los otros son unos cabrones" tiene una ventaja brutal sobre la gente que dice "mira, hay matices, hay capas, depende de cómo lo mires". Y esa ventaja se ha multiplicado por cien con las redes sociales.
Y esto a ti te afecta, aunque no publiques nada en internet. Porque vives en una conversación pública dominada por erizos. Tus opiniones políticas, tus opiniones sobre la IA, sobre el trabajo, sobre la educación de tus hijos, sobre la comida, sobre el deporte, vienen pasadas por un filtro que premia lo radical y castiga lo matizado. Aunque tú no quieras. Aunque tú creas que piensas por tu cuenta. La inmersión te llega por ósmosis.
II. Erizos en redes, zorros en la sombra
Lo que está probado en redes sociales, y esto cualquier creador con datos te lo va a confirmar, es lo siguiente: el contenido que mejor funciona es el que afirma cosas con total certeza. "Esto es así, esto otro está mal, sígueme a mí que yo te digo la verdad".
Y un dato más incómodo todavía: muchas veces, esa certeza viene de gente que no sabe lo que dice. El estudio de Tetlock no es el único que apunta a esto. Hay literatura muy abundante sobre el efecto Dunning-Kruger, sobre cómo la confianza en uno mismo y la competencia real no solo no van de la mano sino que a menudo se mueven en direcciones contrarias. Cuanto menos sabes, más fácil es decirlo todo con mayúsculas.
El que sabe duda. El que duda matiza. El que matiza no vende.
Y mientras tanto, en redes, lo que se mueve es:
"La IA es el fin del trabajo".
"La IA va a salvarnos a todos".
"Las criptos son una estafa".
"Las criptos son la libertad".
"Tienes que comer 200 gramos de proteína".
"La proteína te va a destruir los riñones".
Date cuenta del patrón. Nunca el medio. Nunca "depende". Nunca "hay capas". Eso no se viraliza. Eso pierde followers.
Y aquí está el primer puente personal hacia ti, lector que no eres creador. Cuando escuchas a un compañero de trabajo soltar una afirmación tajante en la cocina de la oficina, y notas un picor por dentro porque sabes que no es tan simple, pero te callas porque "para qué entrar", lo que está pasando es exactamente esto. La conversación pública te ha entrenado a no matizar. Matizar cuesta tiempo, energía y popularidad. Posicionarte en un extremo es gratis y rápido.
El problema es que pensar mal sale carísimo. Solo que la factura no llega hoy. Llega dentro de cinco años, cuando descubres que has tomado una decisión grande de tu vida (un trabajo, una mudanza, una relación, una inversión) basada en una certeza que nunca fue tuya. Era un titular que se te pegó.
III. La metáfora que le repito a mi mujer: los clubes de fútbol
Yo nunca he sido socio de ningún club de fútbol. Nunca. Y eso me ha permitido ver una cosa que tengo que contarte porque, una vez la veas, no la puedes desver.
Si vives en Madrid y eres del Madrid, odias al Barça. Si juega España contra Francia, todo el mundo es de España y odia a Francia. Pero si en esa misma España juega Madrid contra Barça, los españoles del Barça odian a los españoles del Madrid. Si juega Madrid contra el Atleti, la mitad de Madrid se divide y unos madrileños odian a otros madrileños. Si te metes dentro de la afición del Atleti, te encuentras con los ultras y los no ultras. Los no ultras se quejan de los ultras porque son demasiado radicales. Pero si te metes dentro de los ultras, descubres que hay ultras de izquierdas y ultras de derechas, y se odian entre ellos aunque sean del mismo equipo. Y si bajas un escalón más, dentro de los ultras hay subgrupos por barrio, y entre esos subgrupos también hay tensiones. Pero si España juega contra Francia, todos esos enemigos se abrazan.
Lo que estás viendo es la naturaleza humana al desnudo. Compramos la papeleta de un club. Cualquier club. Y ese club nos da un escudo, una identidad y una lista de enemigos. La lista de enemigos es lo más importante de todo, aunque no nos guste reconocerlo. Sin enemigos no hay club.
Y esto, que parece de fútbol, lo aplicas tú a:
Política.
Religión.
Tu opinión sobre la IA.
Tu opinión sobre el trabajo remoto.
Tu opinión sobre la dieta carnívora.
Tu opinión sobre si los niños deben llevar móvil o no.
Tu opinión sobre Trump, sobre Putin, sobre Sánchez, sobre Milei.
En todas, sin excepción, has comprado una papeleta. Y esa papeleta no te la vendiste tú a ti mismo. Te la vendieron. Probablemente sin que te dieras cuenta. Probablemente a través de un algoritmo que te empujó muy poquito a poco hacia un lado durante meses, hasta que un día notaste un calorcito de pertenencia cuando alguien dijo lo que tú pensabas, y ya no había vuelta atrás.
¿Por qué no puedo ser del Madrid y del Barça si soy español? ¿Por qué no puedo creer que la IA es una herramienta brutal y, a la vez, un riesgo enorme? ¿Por qué no puedo pensar que el trabajo remoto le va de cine a unos perfiles y fatal a otros? ¿Por qué no puedo creer que tengo cosas que aprender de Jesús y, a la vez, cosas que aprender de Buda? ¿Por qué tengo que elegir un bando para todo?
No tienes que. Lo que pasa es que el sistema entero, el lenguaje, la cultura, las redes, las religiones modernas, te empuja a que elijas. Porque si no eliges, no encajas en ningún grupo. Y si no encajas en ningún grupo, te quedas solo en el medio, pensando.
Que es exactamente donde se piensa.
IV. Por qué el cristianismo es la madre de todas las narrativas
Voy a meter un párrafo que igual te incomoda, pero es importante. Y luego salgo.
Yo creo en Jesús. Y creo en Buda. Y creo que hubo personas en esta tierra que, por las razones que sean, accedieron a estados de conciencia más altos que la media y trajeron mensajes que valen la pena escuchar. Eso no me lo discute nadie.
Lo que sí me parece honesto reconocer es que el cristianismo, como narrativa, es probablemente la película Disney más exitosa de la historia de occidente. Y como toda película Disney, tiene una línea moral muy bien dibujada: hay buenos y hay malos. Hay santos y hay pecadores. Hay luz y hay oscuridad. Hay cielo e infierno. O entras en la casa del Señor o quedas baneado.
Esa estructura, santo o pecador, es la madre de todos los clubes de fútbol modernos. La política la ha heredado. Las redes sociales la han heredado. El marketing la ha heredado. Tu jefe la ha heredado cuando te divide al equipo en "los que son del proyecto" y "los que no son del proyecto".
Y aquí viene lo que de verdad me revuelve por dentro: nadie sabe nada. Te lo digo con todo el respeto. Nadie absolutamente sabe qué es la conciencia. Nadie sabe qué somos en esta red neuronal de almas en una bola que gira en mitad del espacio con millones y millones de planetas más. Nadie sabe qué hace este monstruo. Todas las verdades grandes son teorías escritas en libros, unas con mejor marketing y otras con peor marketing. Algunas, estoy seguro, vienen de profecías reales de gente iluminada de verdad. Pero los libros no los escribieron ellos. Los escribieron señores. Y donde entran los señores, entra el mono, entra el dinero, entra el poder, entra el sexo, entra todo lo que mueve el mundo.
Que tú y yo, y este vecino, tengamos los cojones de ir por la vida diciendo "esto es así y esto es asá" con esa certeza total, cuando nadie tiene la menor idea de qué cojones estamos haciendo aquí, es uno de los grandes chistes silenciosos de la condición humana.
Vivir en el medio, con esa duda honesta, es difícil. Pero es lo único honesto.
V. El callejón sin salida en el que estoy
Aquí toca ser sincero contigo, porque te debo eso.
Yo estoy ahora mismo en un callejón. Si dejo de hacer redes sociales radicales, contenido afilado, hooks que dividan, mi audiencia cae en picado. Lo he medido. No es teoría. Y si mi audiencia cae en picado, nadie nuevo entra a la newsletter. Y si nadie entra a la newsletter, esta comunidad nuestra se queda quieta.
Pero si sigo escribiendo lo que de verdad pienso, estas ideas híbridas que te hacen regurgitar, que te hacen revolverte unos días, que te obligan a pensar por tu cuenta en vez de adoptar la verdad de otro, me cuesta gente. Cada email auténtico me cuesta suscriptores.
Llevo semanas dándole vueltas. Y la conclusión, por ahora, es esta: en redes sociales puedo seguir haciendo el ruido necesario para que la gente me encuentre. Hooks, posiciones afiladas, contenido que viaje. Eso es la calle. Es donde se vende el periódico. Pero a vosotros, los que ya estáis aquí dentro, los que abrís estos correos, los que sois clientes de Frontera, os debo otra cosa. Os prometí la versión más pura de mí mismo. Y esa versión es esta. Con dudas. Con ideas abiertas. Con conceptos que no caben en un eslogan.
Sin certezas de líder barato. Sin postureo de ultra de hinchada que necesita que le sigan a toda costa, sea verdad lo que dice o no.
Esa promesa la voy a sostener. Pase lo que pase con los números.
Y os pido una cosa, sin presión: si algo de lo que escribo aquí te ha hecho pensar alguna vez, si alguna idea de las que aterrizan los lunes a las dos menos cuarto en tu bandeja te ha removido algo, reenvía este correo a una persona. Solo una. La persona que te venga a la cabeza ahora mismo, mientras lees esto. Esa persona. La newsletter crece de boca a boca, no de algoritmo. Y de boca a boca es la única manera honesta de crecer cuando lo que ofreces son ideas y no banderas.
VI. Lo que puedes hacer el lunes (cinco minutos)
No te voy a soltar un framework de cinco pasos. Te voy a dejar un ejercicio breve y un poco incómodo. Hazlo el lunes por la mañana, antes de abrir el correo, antes de meterte en redes. Cinco minutos. Una libreta.
1. Escribe tres temas en los que tengas una opinión muy fuerte. Cualquiera. "La IA va a destruir empleos". "El trabajo remoto es el futuro". "Los niños no deberían tener móvil". "El bitcoin es el patrón monetario que viene". Lo que sea. Tres opiniones tuyas, de las que defenderías sin pensar.
2. Al lado de cada una, escribe esta pregunta y respóndela honestamente: "¿De dónde la saqué?". Intenta rastrear el origen. ¿Fue un libro? ¿Un podcast? ¿Un creador concreto? ¿Una conversación con alguien? ¿Una época de tu vida? Si no recuerdas el origen, marca esa opinión con un asterisco. Las que llevan asterisco son sospechosas. No son tuyas. Son una papeleta que compraste sin recibo.
3. Para cada opinión, intenta escribir el mejor argumento posible a favor de la posición contraria. No el peor. El mejor. El que daría el más inteligente del bando opuesto. Si te cuesta porque te pones nervioso o defensivo, ahí tienes confirmación de que esa opinión no es una opinión, es una identidad. Y las identidades no se piensan, se defienden.
4. Marca con un círculo las opiniones que, después del ejercicio, te siguen pareciendo igual de absolutas. Probablemente sean menos de las que empezaste. Esas que ya no son absolutas, ya no son del Madrid ni del Barça. Esas son tuyas de verdad. Híbridas. Honestas. Pensadas.
Ese círculo, ese pequeño círculo, es donde empieza tu pensamiento real. El resto eran papeletas.
Si lo haces, escríbeme. Me interesa de verdad saber qué opinión te has reescrito y cuál te ha dejado descolocado. No respondo todos los correos, pero leo todos. Y los buenos los guardo.
VII. Una última cosa
No te estoy pidiendo que dejes de tener opiniones. Sería ridículo. Vivir es opinar, en cierto modo. Te estoy pidiendo otra cosa, más fina y más útil: que distingas entre las opiniones que has cocinado tú, con tus propios ingredientes, y las opiniones que te ha servido el algoritmo en un plato de plástico.
Las primeras te hacen una persona más interesante, más libre y, a la larga, más resiliente al cambio. Las segundas te dan calorcito un rato, hasta que el viento sopla en otra dirección y te quedas con la papeleta de un club que ya no juega.
A profesionales de 35, 40, 45 años, que es para quienes escribo esto, os lo digo con el cuerpo: el mundo que viene no va a recompensar a los que sepan defender bien una sola idea grande. Va a recompensar a los que sepan cocinar muchas ideas pequeñas. Zorros, no erizos. Pensamiento, no banderas.
Y eso se entrena.
Empieza el lunes con cinco minutos. La libreta. Las tres opiniones. La pregunta incómoda.
Y reenvía este correo a esa persona que se te ha venido a la cabeza antes. No por mí. Por ella.
Gracias por estar aquí. Por leer hasta el final cosas que no caben en un titular. Por aguantar las ideas dudosas mejor que las certezas baratas.
Os quiero. Un beso fuerte.
